Un no sé qué recorre mis sentidos con cierta crueldad incrustada, lleno de sinsabores, acariciándome con corrientes de aire que muerden sin piedad los últimos pedazos de corazón que me quedan dentro. El sol, como siempre, prepotente entre las nubes intentando dar un brillo en el ambiente; un esplendor cuya belleza se convierte en angustias y aspiraciones futuras que solo existen en mi imaginación.
Y entonces apareces tú, como un dibujo mal coloreado en el libro de un niño que con su ternura y repugnancia implícita, se esconde tras unas cuantas caricias, pensamientos, susurros y largas conversaciones sin sentido.
- Maldigo el momento en que la casualidad me envolvió con sus juegos macabros. -
Las noches empezaron a saludar pero esta vez sin sonrisas, sin estrellas, sin luna y sin ráfagas de inspiración dulce y firme; mis madrugadas se adornaron con un insomnio mortal, llantos incontrolables y rabia infundamentada como siempre, buscando un porqué, toques de razón para ponerle a esta sensación que hasta el día de hoy, no he logrado entender.
Tengo en las manos, la lista de un millón de intentos fallidos al tomar el olvido como opción y no sé en qué momento la felicidad se me escapó por las rendijas de su recuerdo que siempre estará acompañado de ironía y desprecio, para no demostrar esa debilidad agobiante que me acaba las fuerzas y mata las ganas de moverme al son de una buena melodía.
¿Qué es lo que quieres? ¿qué pretendes con ese juego absurdo de palabras insinuantes, miradas inesperadas y sonrisas efímeras? ¿enamorarme? Cual veneno estas preguntas recorren mi mente a diario, y me doy cuenta que eres una trampa mortal; que extiende sus brazos disfrazados con amor, de esas que pone la vida para provocar caídas y romper ilusiones.
Ningún remedio aparece, cuando las emociones pierden la magia y se convierten en alimento dañino; alimento para un corazón de hierro que a la vez es frágil y cobarde, que pierde su esencia entre rostros maquillados y palabras vacías.
Mariana Domínguez Maus