Solía llorar bajo la lluvia para disimular mis lágrimas, pero esta vez la que llora es mi alma, casi imposible de ocultar. mis huesos me pasan una cuenta de cobro por cargar esta carne durante algunos años; carne, que aunque joven, se recuesta en la nada sin auxilio futuro.
Mis pies tocan el suelo con cierto recelo y desagrado, recordando la imprudencia inocente que me enseñaste a tener, que se ha convertido en mi alimento.
Me gusta saber que en cualquier momento tu voz romperá mis silencios y desatará un montón de esperanzas en forma de risas, quiero tomarte de la mano, olvidarme de los límites, de los impedimentos absurdos que la vida pone para arrancar sonrisas y poner ojos susceptibles.
Siento que mi abismo se ha puesto su mejor traje y te ha puesto ahí en la puerta, a la espera, con impulsos curiosos que intentan hacerme caer; y creer que todo esto es casualidad confirmaría que no es más que una estrategia del tiempo, una invitación surrealista que me invita a amar, a dejar el miedo a un lado.
La melancolía no se queda atrás.
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